Si la semana pasada os hablaba de cómo aprendo, hoy quería traer aquí lo que viene después: imaginar, dar forma y juzgar. En definitiva, crear. Me explico.
Quienes tenemos la información como materia prima de nuestro trabajo disponemos de dos recursos fundamentales: tiempo y conocimiento. La premisa viene del trabajo de Luis Garicano. A él le sigo: usamos conocimiento para resolver problemas, y el cuello de botella es que ese conocimiento vive en personas con tiempo limitado. Por eso nos organizamos en equipos o instituciones que funcionan como “jerarquías del conocimiento”: el experto interviene solo cuando alguien más abajo no puede resolver un problema. Ganamos eficiencia, sí; pero lo que a mí me interesa subrayar es otra cosa: cuando esas jerarquías funcionan mejoran el resultado final. De eso va este texto. No de hacer más en menos tiempo, sino de crear mejor..
Estiremos un poco la idea, como ya empieza a hacer Garicano aquí. Llevemos ese esquema a una sola persona en proceso creativo —un ensayo, un artículo, un informe, un libro, un paper—. La IA generativa introduce una diferencia clave: permite montar pequeños equipos de creación donde uno mismo está en la cúspide de una jerarquía… del criterio. Porque aquí el conocimiento importa, sí, pero no como información, sino como capacidad para decidir. No se trata tanto de saber sobre un asunto, sino de saber qué hacer, cuándo y cómo. Y de hacerlo mejor. Ese es el punto.
En ese sentido, Agrawal, Gans y Goldfarb distinguen tres conjuntos de habilidades que atraviesan cualquier proceso:
Oportunidad. Saber cuándo y dónde vale la pena intentar algo.
Implementación. Tener la destreza técnica para hacer ese algo.
Resultado. Traducir lo anterior en decisiones que maximicen el impacto.
Volvamos al ejemplo del texto. Escribir es claramente la parte de implementación, darle forma. Pero antes hay que imaginar qué vale la pena escribir y cómo enfocarlo. Y después, una vez está más o menos armado, viene el juicio: revisar, ajustar, pulir. No es totalmente lineal. A veces imaginamos, damos forma, nos detenemos, reevaluamos, volvemos atrás. Pero siempre desembocamos en una creación final y cada habilidad predomina en una fase. Mi propuesta es que la IA generativa encaja en cada una de esas fases de una manera concreta. No para sustituirlas, sino como parte de esa jerarquía del criterio de la que hablábamos. Lo ilustro mejor si me dejáis tirar de experiencia personal. Sirve también como ejemplo práctico de esa triple división.
🚿 Imaginar: la ducha
La ducha es uno de los pocos espacios donde no llevamos un dispositivo conectado. Entrar ahí es quedarse a solas con lo que uno ya tiene en la cabeza. Y justo por eso es el lugar perfecto para imaginar: no para incorporar nueva información, sino para jugar con la que ya procesaste antes.
En serio: nuchos textos los empiezo —o los destrabo— ahí. También caminando sin mirar el móvil, o cambiándome de habitación solamente con papel y boli. Espacios sin distracciones, donde la cabeza hace clic..
Es casi seguro que antes de ello le habré pedido algo de lluvia de ideas a algún LLM. Siempre es uno de tipo razonador. Aquí, siempre le indico quién soy, desde qué punto de vista busco oportunidades y con qué intención. No es un “dame ideas para una newsletter”, sino un “soy X, he escrito Y; con esto, busquemos N ideas para exponer con datos la relación entre [A·B]”.
Pero siempre llega el momento ducha. Asumir tu rol para alinear las ideas con tu intención, y a tu criterio. Es así al principio de cualquier proceso creativo, pero también cuando te atascas y no sabes por dónde seguir. Pedimos ideas, pero las valoramos mejor en soledad.
Y no tiene que ver con lo avanzado del modelo. Pasa igual cuando lo hablas con alguien (¡personas, el sistema de inteligencia más sofisticado que existe a día de hoy!). Hay un momento en que la decisión es solo tuya.
🚄 Dar forma: el tren
Aquí ya estamos escribiendo. La oportunidad está clara, el rumbo definido, y en esta fase los LLMs pueden trabajar bastante en paralelo contigo. Al fin y al cabo, si algo saben hacer es volcar palabras una vez les marcas la dirección.
Pero hay que acotar bien qué significa implementar y qué no. Por ejemplo: pedirle un párrafo a Claude (mi herramienta de desarrollo de ideas escrita preferida, de lejos: de hecho, he creado un estilo personalizado con material propio) con guía de los anteriores pero (y esto es crucial) incluyéndole un resumen con todo el contenido que debe incluir, solo que escrito a medias. No le dejo espacio para que añada ideas, solo para que les dé forma. Desde el resultado: recoger, revisar, cambiar, usar. Lo hago con uno de cada tres, cuatro, siete párrafos. A veces con frases. Suelo pedirle más de una versión. Repetir. Recoger, revisar, cambiar, usar. Lo acabo de hacer con este mismo.
Me gusta el tren para eso. Porque aunque hay conexión, no siempre la hay. Y eso mete pausas en soledad. Justo las necesarias. También me sirve el paseo. Sí: escribo desde el móvil. En la app de Notas (¿para qué más?) y en las apps de los LLMs que uso. Avanzo, pido, recibo, miro, adapto, dejo, no dejo. Dicto mucho en voz alta. Me ayuda a decirlo más claro, más cerca de lo que quería decir. De hecho, este pasaje lo estoy haciendo así. Lo bueno de tener un sistema de voz portátil conectado a una IA es que puedes escribir más suelto, con menos palabras de más, y dejar la edición para la mañana siguiente, ya frente a una pantalla en condiciones.
🌄 Juzgar: la mañana
Tiendo a madrugar. No porque quiera, sino porque caigo pronto y, con siete horas, mi cabeza dice basta. El caso es que eso me deja, muchas veces, entre una y tres horas de silencio. Silencio de verdad: sin interrupciones, sin notificaciones. No hay texto nuevo.
En ese rato de silencio externo con pantalla, la IA generativa me resulta especialmente útil para juzgar lo que voy teniendo, como estoy haciendo en este instante antes de enviar este texto. Editar es solo el último paso. Antes está todo lo demás: entender cómo puede leerse un texto según quién lo lea, qué partes se entienden peor y por qué, con qué partes del debate va a chocar cada argumento, y cómo. Todo eso se lo pregunto al modelo. Así, tal cual. Le pido que se ponga en el papel.
Además, tengo un GPT afinado con material mío y con unas cuantas reglas de estilo claro que me gustan. Me ayuda en la edición casi final: limpiar, aclarar, pulir. Siempre desde un punto de partida ya trabajado.
El criterio final, claro, es mío (estoy en lo alto de la pirámide que me he montado). Pero el nivel de feedback es alto. Y para eso sí necesito conexión y foco. Por eso estos ratos de silencio con pantalla y conexión son tan valiosos.
La ducha, el tren y la mañana son literales en mi caso, pero lo que me interesa es que funcionen como ejemplo. Cuándo, cómo y para qué puede tener sentido dejar entrar a la IA generativa en el proceso creativo. Los verbos marcan el paso: si vas a imaginar (es decir, buscar la oportunidad), te puede alimentar antes, pero luego necesitas estar solo. Sin ella. Si estás dando forma (implementar), estará contigo, sí, pero de forma intermitente. Nunca fluyendo sin interrupción. Y cuando toca juzgar —una parte del texto, o el conjunto— ahí sí puedes abrir más la puerta. Dejar que entren otras voces. Al final, la decisión es siempre tuya.
Así armo yo este pequeño equipo. No me ahorra mucho tiempo. Pero sí mejora el resultado. Que, en el fondo, viene a ser lo mismo: antes me costaba más llegar al mismo punto. O me conformaba con menos. Hoy, al menos, estoy más cerca de lo que quiero crear. De mi intención. A cambio, sostengo mi criterio. Y sospecho que no soy el único.
Creo que este equilibrio es tan probable y puede ser casi tan frecuente, como el de una creación de contenido masiva de bajísima calidad, algo que es evidentemente posible. Recupero una tabla que esbocé hace un par de años:
Entiendo a quienes temen una pérdida de agencia creativa con estas herramientas. Piensan —con razón— en el crecimiento de la casilla de creación en serie con calidad media o baja, que renuncia tanto a la intención como al criterio. Pero también existe el equilibrio de mejora para calidad alta y contenido afinado al milímetro. No será lo más visible, pero sí es más valioso. Porque lo único irremplazable seguirá siendo la intención y el criterio para decidir tanto hacia dónde vamos, como si nos estamos acercando. De hecho, dejo una tesis flotando para retomarla en el futuro: en un mundo en el que hacer es más fácil, el criterio y la intención suponen un valor diferencial mayor, no menor.

